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AEGLE - Discurso del Excelentísimo Señor Don Darío Villanueva durante su Nombramiento como primer académico correspondiente de la AEGLE
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Discurso del Excelentísimo Señor Don Darío Villanueva, Exdirector de la RAE y Presidente de la ASALE, durante su Nombramiento como primer académico correspondiente de la AEGLE.

 

Malabo, 30 de abril de 2019

 

 

Señor Presidente; Señoras y Señores Académicos; Señoras y Señores:

 

El otorgamiento a mi favor del título de miembro correspondiente de la Academia Ecuatoguineana de la Lengua Española me embarga con dos sentimientos hermanables. Por una parte, de profunda gratitud hacia todos los miembros de la corporación, que lo han hecho posible con suma generosidad. Y por otra, un sentimiento de satisfacción que me reconforta íntimamente cuando acabo de concluir un largo periodo de nueve años dedicados al gobierno de la Real Academia Española, primero como secretario y luego como director, cargo que lleva emparejado el muy honroso de Presidente de la Asociación de Academias de la Lengua Española.

 

Pude, así, participar activamente en un logro del que la comunidad hispanohablante, formada hoy por quinientos setenta y cinco millones de personas en cuatro de los cinco continentes, puede sentirse orgullosa: la creación de la Academia Ecuatoguineana de la Lengua Española.

 

Después del nombramiento en 2009 de cinco académicos correspondientes de la RAE en Guinea Ecuatorial y luego del Decreto Presidencial de octubre de 2013 por el que se creaba la AEGLE, siendo ya director de la RAE se nombraron en 2015 cinco nuevos correspondientes ecuatoguineanos, y sobre esta base, de acuerdo con el procedimiento  que desde 1871 posibilitó la creación de las Academias americanas y Filipina, se elaboraron los correspondientes Estatutos que, una vez aprobados, también hicieron a la AEGLE Academia correspondiente de la Española.

 

En noviembre de 2015, el ya presidente don Agustín Nze presentó en el XV Congreso de ASALE, realizado en la Ciudad de México, la solicitud formal de ingreso de AEGLE en la Asociación, que muy pronto fue aceptada con todos los pronunciamientos favorables, de modo que desde el 19 de marzo de 2016 la Academia Ecuatoguineanja de la Lengua Española es miembro de pleno derecho de ASALE. Y como tal ha tenido ya una activa participación en los actos conmemorativos del cuadragésimo aniversario de la creación de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, realizados en la Biblioteca del Congreso de Washington el pasado mes de noviembre.

 

Como expresidente de la Asociación me complace afirmar en esta solemne oportunidad que desde un principio todas y cada una de la Academias constitutivas de ASALE mostraron su profunda alegría por contar con una corporación hermana radicada en África. 

 

Desde aquel entonces, sin solución de continuidad, AEGLE ha venido aportando su imprescindible concurso a la unidad del idioma desde la posición singular que le corresponde: la afroiberoamericana. Bajo el lema, UNA LENGUA, UN DESTINO, contribuye también al logro de un empleo más extenso, apropiado y correcto del español entre los hablantes, las comunidades y los grupos sociales de Guinea Ecuatorial.

 

La nueva Academia continúa asimismo una tarea fundamental ya iniciada por los primeros correspondientes ecuatoguineanos: intervenir junto con sus compañeras de ASALE en la fijación de la norma lingüística común del español en cuanto al léxico, la gramática y la ortografía.

 

Fruto visible de este empeño es la sportaci’on al Diccionario de Lengua española, cuya vigesimotercera edición, publicada en 2014, que recibe, en su versión digital, una media mensual de sesenta millones de consultas en internet, incluye ya una significativa presencia de ecuatoguineanismos como abaá, apear con el significado de andar a pie, envuelto como manjar que se asa o cuece con un relleno de verdura, pescado o carne dentro de una hoja de plátano, grombif, malamba o mangüeña. Se recogen también anglicismos propios de Guinea Ecuatorial, por ejemplo boy o misis, y como ratificación de la existencia de elementos léxicos panhispánicos, palabras que el español ecuatoguineano comparte con el de otros enclaves americanos, como, en el caso de Cuba,  brujero, o palmiste con Honduras.   

 

Asimismo, me interesa destacar aquí que la AEGLE concibe la literatura no solo como la producción escrita de los autores clásicos y modernos, sino como el aporte irrenunciable de la tradición oral de los pueblos y etnias que conviven en el país. 

 

A todos los académicos nos seduce la maravilla del lenguaje, un fenómeno complejo, que tiene que ver con el resultado de la evolución de una especie privilegiada, con la sociabilidad y socialización de los individuos, y, finalmente, con la apropiación por cada uno de ellos del sistema consensuado de la lengua para realizar, conforme a sus reglas, la competencia personal del lenguaje. Biología, sociología y psicología a la vez.

 

          Por su parte, la RAE nace en 1713 de una iniciativa tomada por un grupo de individuos pertenecientes a lo que hoy denominamos la “sociedad civil” que no tarda, sin embargo, de obtener el máximo refrendo real. En este sentido, representa un punto de intersección entre aquellos dos vectores que Ferdinand de Saussure encontraba en la realización de la facultad humana del lenguaje: el habla (lo individual) y la lengua (lo social).

 

          Los académicos fundadores estaban lógicamente dotados cada uno de ellos de su habla personal, fruto de su sensibilidad, temperamento, cultura, edad, experiencias e, incluso, de las circunstancias derivadas del lugar de su nacimiento, pero su compromiso con el idioma les lleva a emprender una ardua tarea para contribuir a la codificación del sistema constituido por la lengua española.

 

          No resulta imprescindible para el bienestar de una lengua la existencia de una Academia. El inglés carece de ella, y ello no le impide ocupar el lugar de lingua franca que le aportó la victoria de la segunda guerra mundial. Otras instituciones semejantes, como la Académie française no ha consagrado a los códigos de su idioma una atención y un esfuerzo parejo al de la Real Academia Española, la Academia Ecuatoguineana de la Lengua y sus hermanas constitutivas de ASALE. Y en el caso de otra lengua hermana, el portugués, la única Academia de referencia es la que se creó en Brasil hace ya algo más de un siglo.

 

          En la historia de la Lengua Española es obligado considerar tres momentos trascendentales. El primero es, obviamente, el fundacional, la constitución del romance castellano a partir del lat’in hablado y su expansión por la Península ocupada por los árabes. El segundo comienza en 1492, el año de la Gramática de Nebrija, con la llegada de Colón a América. Y el tercero es el que hace del español una lengua ecuménica, la segunda por el número de hablantes nativos en todo el mundo: con este tercer momento me refiero al proceso de la independencia y constitución de las Repúblicas americanas a partir de finales del segundo decenio del Siglo XIX, al que hay que añadir hace cincuenta años la independencia ecuatoguineana.

 

          Momento crítico el del Siglo XIX en el que ciertos augures vaticinaban un desarrollo semejante a lo que con la caída del Imperio Romano representó la fragmentación lingüística de la Romania. Y no fue así porque las nuevas Repúblicas soberanas, al tiempo que consolidaban el Estado, la nacionalidad, fijaban sus respectivos territorios y fronteras, organizaban la administración y abordaban el reto de la enseñanza de su ciudadanía creyeron útil el castellano o español como instrumento de cohesión, de integración nacional. De unidad. El español es la lengua que hoy es no por la Colonia, sino por la Independencia. Algo semejante cabe afrimar en el caso de la República de Guinea Ecuatorial.             

 

          Al hilo de la entrega a mi favor del título de miembro correspondiente de la AEGLE, permítanme, Señoras y Señores, recordar un documento que no solo tiene interés histórico, sino que resulta por igual emocionante.

 

          Hace ahora 148 años, cinco décadas después de las independencias americanas, la Real Academia Española, que ya había nombrado como miembro suyo correspondiente al gran maestro de nuestra lengua en el Siglo XIX Andrés Bello, aprobó un Reglamento para la fundación de las Academias correspondientes de la Española, aprobado por la Junta de 24 de noviembre de 1870 a propuesta del Director, el Marqués de Molíns y  de otros académicos.

 

          El sucinto reglamento de 11 artículos viene precedido de una exposición de motivos que parece escrita desde un profundo sentimiento de fraternidad y exigencia de unidad, como bien se percibe en esta frase:  “Los lazos políticos se han roto para siempre; de la tradición histórica misma puede en rigor prescindirse; ha cabido, por desdicha, la hostilidad, hasta el odio entre España y la América que fue española; pero  una misma lengua hablamos, de la cual, si en tiempos aciagos que ya pasaron usamos hasta para maldecirnos, hoy hemos de emplearla para nuestra común inteligencia, aprovechamiento y recreo”.

 

          La voz eminente de José Martí abunda en esta idea de solidaridad. Entre los borradores y fragmentos correspondientes a Versos Libres (1878-1802) que nos proporciona la edición crítica de su Poesía completa de 1985, he encontrado estos versos coetáneos del texto que estoy comentando, insertos a partir de las últimas líneas del poema “Mi padre era español”:

          ¿Qué he yo de hacer?

          Une! Prepara! Espera!

          Une al negro y al blanco, une al nacido

          Más allá de la mar con los de acá:

          Y si es preciso, muere: no, no vendas,

          Nadie venda su patria al extranjero.

 

          Ese mismo espíritu lo he encontrado en unos versos del poema “Hispania”, publicado en 1987 por el acad’emico Anacleto Oló Mibuy:

          Somos irremediablemente

          las sendas del destino,

          híbridos con pasión y nostalgia...

          Mestizos de corazón...

          Porque el hombre no es color,

          Sino alma y corazón.

          Y esos corazones que fallecen

          En latidos de sangre y amor

          Se han juntado sin querer, queriendo,

          En el puchero ancestral ibero-bantú.

 

          Precisamente, se argumentaba en el reglamento de 1871 ‒en el que se encuentra el germen de lo que ochenta años más tarde inspirará la creación en México de ASALE‒ que como en las dieciséis repúblicas entonces reseñadas “es más frecuente el comercio y trato con estranjeros que con españoles”, “no vacilamos en afirmar que si pronto, muy pronto, no se acude al reparo y defensa del idioma castellano en aquellas apartadas regiones, llegará la lengua, en ellas tan patria como en la nuestra, a bastardearse de manera que no se dé para tan grave daño remedio alguno”.

 

          Se preguntan los redactores si “¿bastarían a impedirlo los esfuerzos de nuestra Academia (...) y la colaboración individual y aislada (...) de sus muy dignos Correspondientes.

 

No lo ha creido así la propia Academia, y he aquí los fundamentos de esta opinión.

 

En nuestra época el principio  de autoridad, si no ha desaparecido, está por lo menos grandemente debilitado”.

 

          Los académicos de 1871 están apuntando de tal modo a un convencimiento que hoy está ampliamente generalizado, y que hoy nadie cuestiona ya: el pluricentrismo de nuestra lengua. De ahí la promoción de las Academias correspondientes a partir de aquella fecha para que también en sus enclaves “el idioma español recobre y conserve, hasta donde cabe, su nativa pureza y gradilocuente acento”.

 

          Encuentro en este texto fundamental el germen de la inspiración panhispánica que hoy felizmente rige la actividad de ASALE. Se habla, por ejemplo, de la necesidad de “activas y regulares comunicaciones”, pero sobre todo se menciona expresamente de que “la Academia Española ha reconocido y proclamado que, sin el concurso de los españoles de América, no podrá formar el grande y verdadero Diccionario Nacional de la lengua. Para ello convoca a sus hermanos, nacidos y puestos al otro lado de los mares...”. Huelga decir que ahora, felizmente, gracias a la creación de AEGLE, todos los hispanoahablantes de Europa, América y Asia podemos implicar en tal proyecto a los ecuatoguineanos.

 

Se llega a formular, en aquel importante documento de 1871, en la misma línea, el desideratum de una futura organización precisamente como ASALE, que llegará por parte de las Academias “formando entre todas una federación natural que no reconozca límites ni barreras dondequiera que sea lengua patria la lengua de Cervantes, cuyos pueblos (…) podrán formar diversas naciones, pero nunca perderán esta robusta y poderosa unidad, nunca dejarán de ser hermanos”. Tal iniciativa la tomará ya, en 1951, el presidente de los Estados Unidos Mexicanos don Miguel Alemán Valdés.

 

          En este espíritu recibo hoy como un gran honor el título de miembro correspondiente de la Academia Ecuatoguineana de la Lengua Española y reitero mi agradecimiento de todo corazón a quienes lo han hecho posible. Ofrezco a cambio mi lealtad a la Institución y el concurso de mi disponibilidad y esfuerzo para todo aquello que me sea encomendado.

 

          Gracias mil, Señoras y Señores.